Carlos Claussen: Abogado.

A la cabeza de uno de los bufetes de abogados más prestigiosos de la ciudad, asesor de la Sonami y presidente del directorio del Antofagasta International School (AIS), el currículo de este hombre, oriundo de la Cuarta Región, es tan completo como la vida que le gusta llevar. En esta entrevista confiesa que se siente feliz con lo que ha logrado y que no se arrepiente de nada.

Por Percy Peña V. / Fotografía: Andrés Gutiérrez V. – (Noviembre, 2011).

Cuando llegamos a conversar con él, Carlos Claussen nos pide disculpas porque aún está realizando la sesión de fotos que ilustran esta entrevista. Viste impecablemente y no parece cansado ante nuestro constante asedio para encontrar «el mejor» ángulo. Como buen abogado, cuando comienza a hablar convence con su voz pausada y parece que cada palabra que sale de su boca está muy bien calculada, pero a medida que transcurre la conversación aparece un perfil más lúdico, el más íntimo, que solo su familia conoce y disfruta.

Nació en Ovalle, lugar que ha estado vinculado con su familia paterna por más de cien años, aunque se crió en Santiago ya que sus padres se separaron cuando tenía seis años. Dice que quien ha nacido en el campo en algún momento vuelve; de hecho, señala que muchos abogados tienden a hacerlo porque la profesión es muy estresante.
Es hijo de Enrique Claussen, agricultor de la zona, y su madre, Inés Calvo, proviene de una distinguida familia santiaguina donde destacan Barros Arana y Calvo Barros, este último fue conocido como «el médico de los pobres», tal como lo hizo aquí el doctor Rendic, que atendía gratuitamente a la gente y que, menciona, siempre le ha servido de modelo.

Sin embargo, el fundo familiar fue expropiado en el año sesenta y siete y al desmembrarse en distintos campos fue mermando la fortuna, por lo que asegura que de herencia recibió de su padre «mucho cariño, pero nada más».

¿Es su anhelo volver al campo?
Me estoy preparando para ello y pude cumplir mi sueño, ya que compré los derechos de la antigua casona familiar que mi bisabuela adquirió en 1892. La reconstruí para convertirla en un hotel de agroturismo en Monte Patria (www.haciendajuntas.cl). Todo el tiempo que me sobra lo he destinado a ese propósito, no tanto por un criterio económico, sino para disfrutar de la última etapa de la vida allí.

¿Y cómo eligió la profesión de abogado?
Siempre fui buen alumno y postulé a seis carreras además de derecho, como arquitectura, agronomía e ingeniería comercial. Quedé en lo primero y sin saberlo se fue desarrollando esta vocación porque hay que tener una mirada a largo plazo para que te guste. Te das cuenta que esto puede servir para resolver problemas, para mejorarse a sí mismo, por lo que te empieza a encantar. Me vino este encanto a partir de tercer año cuando comencé a procurar.

¿Qué lo hace venir a Antofagasta?
Llevo veintidós años aquí y vine tan solo por uno, por lo que fue absolutamente coyuntural. En ese entonces tenía veintiséis años y trabajaba en una oficina en Santiago como asesor jurídico de la sede capitalina de la Universidad del Norte.
El año 1989 fue época de definiciones; después del plebiscito se me pidió que viniera a Antofagasta a reemplazar a quien era el asesor jurídico, don Cristián Letelier. Entonces me tocó hacer todo el traspaso de la universidad y de la defensa de los intereses que yo creía proteger, que era la obra de los anteriores rectores, aun cuando fueran designados, pero gente honrada.

¿Cómo fue ese proceso?
No fue fácil, ya que me significó, incluso, tener un debate público con el obispo de ese entonces, Carlos Oviedo Cavada, ya que la universidad tenía unos terrenos asignados al Ejército. En esa oportunidad, participé en la firma de un documento privado en el que todos estaban de acuerdo en asignar esos terrenos a esa rama de las Fuerzas Armadas, pero cuando fue entregada la universidad, don Carlos Oviedo se olvidó de ese documento y dijo que no tenía idea de que se entregaba parte de esos terrenos.
Así se abrió toda una discusión epistolar a través del diario. Para mí fue un tema de principios, por lo que me quedé más tiempo porque sentía la necesidad de defender lo que se había hecho en ese momento.

Y entonces se queda en Antofagasta
Así es. Partí el año noventa ejerciendo libremente la profesión. Yo era de una tienda política distinta a la de la Concertación, por lo que tomé todos los juicios en contra de las autoridades anteriores que consideraba tenían un fundamento suficiente.

Usted hoy es presidente del directorio del Antofagasta International School (AIS), ¿cómo se genera ese vínculo?
Nunca he estado ajeno al ámbito educacional, ejercí como profesor en la Universidad Católica del Norte y de Antofagasta, fui director y fundador de la Escuela de Derecho de la Santo Tomás, además, soy magíster en Derecho Minero, por lo que estoy vinculado con la investigación.
En 2003, Escondida y Zaldívar deciden terminar su relación con el colegio internacional que mantenían para unos treinta y cinco hijos de extranjeros que trabajaban en estas mineras, y estaban viendo cómo entregar los bienes que eran más que todo libros.

¿Y cómo lo consiguió?
No había inmueble, sino los planes y programas y la biblioteca, por lo que deseaban transferir los libros al colegio que presentara el mejor proyecto. Carlos Figueroa Ahumada me instó a pedir una reunión con las mineras y les propusimos seguir adelante con este establecimiento, ya que intuíamos estaba en el sentido de la educación futura con una enseñanza basada en el inglés. Pudimos convencerlos de que éramos capaces de seguir, no bajar estándares y potenciarlo.

¿Qué cambió desde el momento en que se hacen cargo del colegio?
Hemos crecido exponencialmente desde ese entonces y adecuándolo a la realidad local. Antes la mensualidad costaba unos mil dólares mensuales y nosotros lo bajamos en un veinticinco por ciento
De los treinta y cinco alumnos, ahora tenemos una matrícula de cerca de setecientos estudiantes con niveles desde el playgroup hasta cuarto medio, construimos la nueva sede en la Avenida Jaime Guzmán y el porcentaje de profesores nativos del inglés ahora es muy superior al de los profesores chilenos que manejan el idioma (sesenta y cinco por ciento), asunto que antes era todo lo contrario.
Tenemos excelentes resultados y primeros puntajes en el Simce y la PSU. En resumen, hemos subido los estándares que teníamos cuando nos hicimos cargo.

¿Qué es lo que lo motiva más en este proyecto?
Los educadores norteamericanos dicen que la inversión en educación siempre da la mejor retribución. Sin lugar a dudas, en un área como esta, se recibe la retroalimentación de que es un producto que cambia la vida a muchas personas, por lo que es doblemente gratificante.

¿Y cuáles son las expectativas que tiene con el AIS?
Esperamos consolidar aún más al AIS, ya que todavía nos queda un veinte por ciento de expansión; además, queremos exportar el modelo a otros lugares del país. Hoy nuestros estándares son comparables con los colegios top de Santiago, pero incluso con mayores porcentajes de profesores de inglés extranjeros.
Un elemento diferenciador es que otorgamos los grados superiores de certificación de inglés de la Universidad de Cambridge, en los niveles tres o cuatro de los cinco que existen. Eso significa que nuestros estudiantes, al egresar, manejan casi a nivel nativo el idioma. Además, no es sólo el hablar esta lengua, sino el acceso a otra cultura, ya que interactúan con profesores de todo el mundo que vienen aquí a enseñar inglés como estadounidenses, australianos, alemanes, surinenses, filipinos. Los estudiantes se dan cuenta de que el mundo no es sólo Antofagasta o Chile.

EL CIUDADANO CLAUSSEN

Después de la jornada laboral que normalmente se extiende por cerca de trece horas, Carlos asegura que no se lleva ningún problema a la casa. Sabe que ese tiempo que le queda es precioso y lo intenta disfrutar con el bien más preciado que es su familia.
Está casado con Claudia Sagner desde hace veinte años y tienen cuatro hijos. El mayor, Pedro, está en la PUC estudiando Derecho; Cristián, en tercero medio; Sofía, que se acaba de ir de intercambio a Alemania, y su hija más pequeña, Catalina, de trece años. Y como no, todos estudian en el AIS.
Como también posee una oficina en Santiago, donde pasa cerca de tres días a la semana, intenta compartir lo que le queda con la familia y su otra gran pasión que son los caballos. Practica equitación desde hace muchos años y se siente orgulloso cuando, entre risas, asegura que es uno de los «jinetes más antiguos de la ciudad».

Entre tantas actividades, ¿le queda tiempo para las cosas más cotidianas, como por ejemplo ir al supermercado?
Para no quedar mal debería decir que sí (risas), pero la verdad es que muy poco. Tengo una lugarteniente que es mi mujer que se encarga de toda la parte operativa de la casa, que funciona a la perfección, por lo que tenemos divididas nuestras funciones.

¿Y cuáles son sus otros pasatiempos?
Leo mucho. En especial historia del siglo XX del periodo de entreguerras y las guerras mismas. Creo que la historia no solo cumple un rol de entretención, sino que, además, de enseñanza a los pueblos.

Me imagino que no estuvo muy contento entonces, cuando se anunció que se podrían bajar las horas de historia en los colegios…
Para nada. Soy un convencido de que la educación humanista abre muchas puertas. Hace poco fuimos a Helsinki a conocer modelos exitosos de educación que permiten tener buenos resultados en la Prueba Pisa y lo que encontramos fue que propician el humanismo, la ciencia y el aprendizaje de manualidades. Conceptos que se pueden mezclar perfectamente, y que no son excluyentes.
En ese colegio fiscal finés tienen una biblioteca maravillosa y utilizaban también una tornería, donde los niños aprenden a hacer sus piezas con sus propias manos.

Si pudiera volver atrás, ¿qué cosa no haría nuevamente?
No quiero parecer soberbio, pero creo que las decisiones que he tomado me han llevado a un estado de mucha satisfacción, si sacara algo tal vez no podría tener lo que tengo ahora. Me identifico con valores como la disciplina, el rigor y rectitud y creo que en mi vida he sido consecuente.

¿Cómo maneja usted la frustración o la crítica?
Me afecta como a todas las personas, pero en la profesión de abogado siempre se está sujeto a ganar o perder. Creo que me he ido acostumbrando a los dos lados debido a la naturaleza de mi trabajo.

Y alguna gran pena que recuerde
El haber perdido a mi hermano, Pedro Enrique, justo el año que llegué a Antofagasta. Lo echo mucho de menos, mi hijo mayor lleva su nombre.

Se trata de su hijo que siguió sus pasos, ¿se sintió tentado en algún momento de recomendarle que no estudiara Derecho?
Entre los grandes autores del derecho hay uno que se llama Eduardo Couture que escribió un libro que se llama Los mandamientos del abogado y uno de esos preceptos dice: «ama a tu profesión, así que cuando uno de tus hijos te pregunte qué carrera abrazará en el futuro, tú sientas el deseo de decir continúa con la abogacía». Cuando me preguntaron qué opinaba, yo lo recomendé ampliamente, pero nunca lo presioné a nada.

¿Qué pasa si su hija de trece años mañana le dice que se inclinará por la actuación o la pintura?
No quiero sonar cínico, pero vivimos en un país subdesarrollado donde seguir una profesión de un rango diferente puede estar sujeto a muchas frustraciones en el plano económico en el futuro, por lo que los insto a buscar las mejores opciones. Si aún así, insiste y después de oponerme todo lo que pueda (risas), la apoyaría en su decisión.

¿Qué le parece que mucha gente lo vea con tanta admiración?
A veces miro con asombro que se tenga mi vida como un modelo de éxito, pero no siento que sea así, me siento feliz y realizado con lo que he hecho. Tengo una familia maravillosa que me ha apoyado y es lo que me permite hacer distintas cosas con éxito y proyección de futuro.

Usted proyecta una imagen muy profesional y de seriedad, pero ¿cómo lo percibe su familia?
Se ríen mucho, ya que, en general, en mis actividades me obligan a ser una persona seria, pero en el interior soy todo lo contrario, muy alegre y cariñoso con mis hijos. Muchas veces bromeamos sobre qué dirían mis clientes si me vieran haciendo tal o cual cosa.

UNA PAUSA NECESARIA

Seguimos instalados en su imponente oficina del Pasaje López en pleno centro de la ciudad, donde llaman la atención las escenas de caza y equitación que decoran su entorno de trabajo. Una gran cantidad de libros especializados en derecho tapizan, además, las paredes, pero también hay espacio para su proyecto favorito: las fotos en su computador del hotel de agroturismo que posee en Monte Patria.

Se entusiasma al mostrar cómo en los últimos años le ha podido dar vida a esta instalación hotelera. Como lo revela en algún momento de la conversación, uno de sus propósitos a corto plazo es dejar más tiempo para él mismo y su familia, al constatar la temprana partida de personas de su entorno más querido que le han hecho reflexionar sobre la necesidad de valorar más el tiempo libre, y no prestar tanta atención al trabajo. Habla de uno o dos años sabáticos; no sabemos si en Hacienda Juntas, la equitación o fuera del país. Lo cierto es que, seguro, lo disfrutará a concho, como lo ha hecho con cada una de las actividades que realiza en su vida.